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domingo, 19 de mayo de 2013

Diario de una profesora

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14 de Julio de 2031


Abro los ojos. Mis ventanas empiezan a levantarse lentamente. Es lógico, los rayos de sol que entran a través de mis ventanas, elevadas automáticamente, son los encargados de despertarme cada mañana. De este modo, nunca se me hace tarde. Nunca. Recuerdo a mi madre cuando decía “Despierta, Blanca” y yo me retorcía en las sábanas y alargaba ese sueño. Ahora, nunca llego tarde, las ventanas me ayudan a despertar a la hora exacta.
Miro mi móvil y veo que son las 7:00. Decido levantarme de la cama. Miro la pantalla que tengo delante y a partir de ella elijo la ropa que voy a ponerme para el día de hoy. Pulso unos vaqueros, una camiseta roja y mis zapatillas favoritas. En la pantalla, me aparece mi elección y pulso en “Aceptar”. Automáticamente mi armario y dos de sus cajones se abren. Cojo las piezas de ropa seleccionadas y me dirijo al baño para darme una ducha.
El baño ya está ambientado para esa ducha. Programé el radiador para que estuviera preparado sobre las 07:15. Me meto bajo de la ducha y el grifo automáticamente se abre a la temperatura del agua que yo programé. ¡Esto es perfecto¡ Ahora ya no tengo que regular el agua a la temperatura de mi cuerpo antes de cada ducha.
Cuando llevo unos siete minutos dentro suena un timbre en la ducha que me avisa de que ya ha transcurrido el tiempo. Salgo y me visto porque no quiero que se me haga tarde para ir a clase. ¡Ay, noooooo! Hoy es lunes y las clases los lunes son online. ¡Qué maravilla! Hoy podré quedarme en casa y tendré más tiempo para mí, aunque tenga que subir los materiales que estuve preparando anoche para que mis alumnos realicen esta práctica. ¡Por fin reconocen la labor del docente y nos dan más tiempo en casa!.
Mientras estudiaba la carrera de Filología Hispánica y realizaba el Máster para ser profesor, me planteaba muchas veces de dónde iba a sacar el tiempo para programar todos los materiales que iba a utilizar en clase. Ahora me siento comprendida. Nos dejan un día “libre”, entre comillas. Los fines de semana preparo la sesión online y el lunes puedo seguir preparando materiales o artículos para trabajar en clase.
La educación ha evolucionado mucho. Ahora en las clases ya no hay libros, no hay lápices, ni ningún tipo de material convencional. Utilizamos las tabletas para dar clases. Los alumnos están encantados. Sienten motivación y un 90% de los jóvenes estudia. La crisis hizo que se replanteara la situación educativa y se fueron incorporando nuevas metodologías docentes. Dentro de estas metodologías, se incluyen las Tecnologías de la Información y la Comunicación y también las Tecnologías para el Aprendizaje Colaborativo. Las clases son básicamente una interacción entre unos alumnos y profesor. 2º de Bachillerato:
-          ¡Buenos días chicos! Veo que tenéis las tabletas preparadas para la clase. ¿Habéis leído el artículo del país que os comenté? Vamos a trabajarlo. Quiero que lo leamos en clase y cada uno de su punto de vista mediante el debate que os plantearé. Luego, iremos coloreando cada una de sus partes para ver su estructura temática y las ideas principales. La semana que vienen empezaremos a trabajar la cohesión, coherencia y adecuación de los textos. Tened en cuenta que hemos trabajado el comentario de texto para la prueba de selectividad online.
Realmente trabajar con la tableta en clase es una comodidad y una facilidad tanto para mí como para mis alumnos. De este modo vemos el trabajo diario de cada alumno y podemos atender mejor a la diversidad que representa el aula. Algo que era necesario cambiar del pasado.
Mis grupos están mucho más motivados desde que por ley se exigió su uso en clase. Además, el Centro está equiparado tecnológicamente lo que facilita el aprendizaje, la comunicación y la interacción entre todos los miembros de la comunidad docente. Esto no es lo único: si cuando quiero comunicarme con un padre, madre o tutor únicamente tengo que tocar la pantalla de mi móvil y meterme al whatsapp. La tecnología ha conseguido que hoy por hoy todos los libros estén digitalizados y el libro de texto convencional ha desaparecido. Ahora las editoriales trabajan también en la red.
Despues de vestirme y reflexionar sobre todos estos cambios, bajo las escaleras automáticas y me siento en la mesa de la cocina. La noche anterior programé todos mis electrodomésticos para que a esta hora estuviera mi almuerzo preparado. ¡Qué cómodas son las tecnologías¡.
Mientras desayuno consulto mi Ipad y leo algunos periódicos digitales.
Pronto encufo mi ordenador y tras ver a todos los alumnos preparados para el ejercicio, publico la actividad: la lectura online de un poema y a partir de este crear un Glogster. Esta actividad en su momento era algo extraordinario. Hoy en día ya es algo muy sencillo y, sobre todo, muy divertido y productivo para mis alumnos. Cada uno interpreta el poema de un modo y plasma en ese Glogster aquellas imágenes, vídeos, canciones… que le haya suscitado el poema. A mí me encanta revisarlos porque tras ellos se esconde esa creatividad e imaginación propia de cada persona ante la literatura y esto me hace aprender al mismo nivel que mis alumnos.
Durante cinco horas (de 08:00 a 13:00) deberán realizar la actividad mientras yo dedicaré mi tiempo libre a preparar materiales interesantes que buscaré a través de mi tableta, a corregir otras actividades que tengo pendientes y mirar algunos blogs y a contestar a los whatsapp que mis alumnos de este y otros grupos me vayan enviando sobre la asignatura.
Mientras escribo siento que mis ojos empiezan a parpadear. Parece que estoy cansada. Me envuelvo en mis pensamientos por unos minutos. Entonces me retumba una voz que dice: ¡Blanca, la compra! Como estoy conectada, me pongo a hacer la compra online. Si haces el pedido de buena mañana por la tarde lo tienes en casa. Esto es fantástico. Antes tenía que salir de casa para todo. Ahora, en invierno las tecnologías me ayudan a aprovechar al máximo mi tiempo.
            Adoro la incorporación de las tecnologías en mi vida. Adoro mi trabajo y los demás también lo adoran. Siento que por una vez la educación es algo productivo que crea personas activas y capaces de realizarse en esta sociedad. El profesor ha pasado de ser el objetivo de la crítica a ser uno de los trabajos más honrados y dignos del mundo. Yo lo tenía claro: de nosotros depende la formación futura de nuestros alumnos. Ayudémoslos a salir al mundo.
Y así es….
Los ojos se me entornan lentamente y acabo asumiéndome en el olvido.

sábado, 18 de mayo de 2013

Viaje al futuro: la Educación en 2030

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Salió de casa con el tiempo justo. El móvil se había apagado durante la noche y nada le despertó a las siete y cuarto.
Cuando sus párpados se despegaron había demasiada luz en la calle. Saltó de la cama. Un vaquero, una camiseta, la mochila, un rapidísimo Cola-Cao y la acera por delante.
Mientras galopaba camino del instituto recordó que no había comprobado el contenido de la mochila, y pensó en lo que debería haber dentro de ella: el mini, la carpeta, una libreta y el estuche. Aunque muy ligero, el peso de la mochila le decía que el ordenador no faltaba, y esto era lo más importante.
Su madre le solía decir: "Vaya suerte tienes, hijo. Cuando yo tenía tu edad llevaba una mochila de 11 kilos, ¡11 kilos! sí, has oído bien, llena de libros. Esas mochilas tuvieron la culpa de que ahora tu madre no sea más alta", y le sonreía.

A menudo se imaginaba las clases en el instituto como las recordaban sus padres, y lo más curioso de todo era que sus padres guardaban recuerdos estupendos de su etapa en el instituto, allá por los últimos noventa hasta 2005, porque los dos habían estudiado Bachillerato. 
Pero en aquellos años los alumnos nunca llevaban su ordenador al instituto, ni siquiera el teléfono móvil encendido (mamá le recordaba SIEMPRE que jamás hiciese tonterías con el móvil, que cuando ella iba al instituto también tenía móvil, pero SIEMPRE lo llevaba apagado, y lo encendía al salir de clase, cuando esperaba al abuelo para que la recogiera). Qué extraño, ¿no?, pensaba. Y se imaginaba una clase de mates sin ordenadores, sin cañón, sólo con la pizarra de tiza y libros de texto, libretas y calculadoras. Las calculadoras serían lo más moderno que había entonces en las clases, seguro.

Él había nacido en una casa con mucha luz, muchos libros (nunca había tenido el valor de contarlos), tres gatas, y... dos ordenadores, una tableta, y los smart phones de sus padres; pero ellos le explicaron desde que era muy pequeño que la vida no era así para todos los niños del mundo. Mientras él tenía todo lo que pudiera desear (menos la Play Station Evolution VII, que mamá se negaba a comprar, ¡sin haberle dado siquiera opción a negociar!), miles de niños morían de hambre en otras partes del mundo, otros miles no tenían casa, ni ropa, ni juguetes, ni un colegio, ni libretas, ni libros, ni lápices...
Y cuando pensaba en todos esos niños del mundo no podía evitar preguntarse: "¿Por qué? ¿Por qué yo lo tengo todo y ellos no tienen nada?"
Pensó en la felicidad, en su felicidad, y se hizo otra pregunta: "¿Qué necesito para ser feliz?"
En ese momento recordó las palabras de la iaia, que solía decir que, a pesar de haber nacido en el año del hambre (1946), había tenido una infancia muy feliz, y la iaia también había ido al cole, pero, a juzgar por sus palabras, aquel colegio poco tenía que ver con el que, hasta hacía poco, había sido el suyo.

En el instituto apenas utilizaba ya la única libreta que llevaba en la mochila (si acaso alguna redacción de lengua y literatura) porque todos los deberes los hacía ya en el ordenador; sin embargo, prefería llevar siempre consigo un libro, una libreta y un pequeño estuche. Años atrás había descubierto que las hojas de papel tenían algo... no sabía cómo llamarlo. Magia, tal vez. Nera, una de las gatas, mostraba una desconcertante afición por los papeles (libros, libretas, folios sueltos... se restregaba furiosamente contra ellos, y después se dormía encima), quizá era ese "algo", esa magia, la causante de su conducta. La misma magia que inundaba los cuentos que había leído de pequeño y que ahora guardaba en un baúl, la de los libros y cómics de aventuras...

Cuando corría hacia su clase escuchó desde el pasillo la voz de la profesora de lengua. Abrió la puerta y entró: 
-Buenos días, Hugo.

viernes, 17 de mayo de 2013

El café "Pensamiento". 2030.

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-Y la frase de esta noche… ¿es?
-La educación te hará libre- dije convencida.
-Correcto, pase.
Se abrió la entrada del café “Pensamiento”. La puerta  estaba escondida detrás de un letrero que ponía “Frutería 2030”. El local presentaba estantes con frutas líquidas y en cápsulas, una buena tapadera que disimulaba la realidad escondida en los metros cuadrados más profundos, el café “Pensamiento”. Uno de los pocos bares clandestinos de la ciudad que todavía no había sido destruido por los “noopinione”.
Hacía dos semanas que no visitaba el local. Había estado días atrás en otras ciudades y puntos de encuentro como el Bar “Palabra”, la tasca “Dime” y el pub “Libertad”. Todos esos lugares tenían algo en común con el café “Pensamiento”. Todos, cada uno de ellos, eran los lugares en los que se luchaba por mantener la educación, la palabra y la opinión libre.
Seis años atrás los “noopinione”, grupo mundial en contra del ciudadano con capacidad crítica, destruyeron las escuelas, los ordenadores, los libros, la comunicación, la vida. La red desapareció como desaparece la nieve cuando la temperatura sube unos pocos grados, un cambio aparentemente lento pero fulminante. Los “noopinione” controlaban el diálogo callejero. A partir de ese momento, no se pudo hablar de injusticias sociales, económicas. Los desacuerdos no existían, la innovación era un chiste de mal gusto, la creatividad era pecado mortal en el mundo de los “noopinione”. A las personas que se atrevían a buscar información de literatos pasados, de científicos olvidados, de filósofos de otra época… a todos ellos, se les cortaba la lengua. Sin duda. Sin piedad. Sin vuelta atrás.
-Dame más argumentos- decía un hombre a otro en el café “Pensamiento” mientras ambos disfrutaban de una cerveza vaporizada. Desconocía el tema de conversación. El segundo hombre reía, disfrutaba de la solicitud de razonamiento.
En una esquina del café, un hombre leía a unos jóvenes poesía abandonada. En la otra, un debate sobre el amor. En el medio, una anciana enseñaba a perder el miedo a hablar en público. Al lado de la anciana, una mujer con gafas compartía con otros asistentes diferentes periódicos de antaño. Un cartel anunciaba que dos días después tendría lugar, allí mismo, un curso sobre cine y un taller de reflexión.
Me acerqué a la barra. Encima de un reloj, un cuadro que ponía: DÉJAME QUE TE CUENTE QUIEN SOY Y NO ME MATES POR ELLO.
-¿Va a tomar algo?- me preguntó el camarero.
-Un zumo de fresa.
-No puede ser, lo siento. Los “noopinione” han frenado toda la venta de zumo de fresa. Al parecer, relacionan su color con la valentía. No quieren que pensemos que podemos cambiar esta situación. Ya sabes, colores oscuros y poca luz.
En ese momento me acordé de los años en los que la oscuridad no existía, me acordé de los años en los que la palabra daba vida y las opiniones variadas eran abrazos de sabiduría.

jueves, 16 de mayo de 2013

¿La educación en 2030? Quién sabe...

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Carta al futuro,

Escribo hoy porque ayer con la tormenta me hubiera resultado imposible garantizar que el lápiz rozase, siquiera, el papel. El cielo era un océano oscuro, lleno de olas agitándose, también oscuras y mi casa estaba negra, sólo algunas velas, situadas estratégicamente por mamá, nos permitían ir de un lugar a otro sin tropezar. Estuvimos todo el día sin luz y al lado de la mesa, con las “faldas” echadas sobre nuestras rodillas y el brasero lleno de ascuas, comenzaron a surgir historias. La de mi abuelo me hizo soñar y he querido guardarla en este papel y enterrarla debajo de los nogales del jardín para que, quizá, algún nieto mío la pueda leer.

Dice mi abuelo que hace algunas décadas los niños iban al colegio con ordenadores, me dijo que eran unos aparatos como mi máquina de escribir y con pantalla como la de la tele, pero mucho más listos. Además, me aseguró que no eran necesarios los lápices ni los colores, que las mochilas no pesaban y los maestros no utilizaban la tiza porque había unas pizarras que funcionaban con los dedos. Mi abuelo también cuenta que un libro era muchos libros, que le cogían, no sé cómo, dentro.

Sin embargo, lo que de verdad me sorprendió, lo que quiero guardar en esta carta es la palabra Internet. Cuando mi abuelo la pronunció por primera vez me provocó una gran carcajada, se parecía mucho al nombre que le habíamos puesto a un compañero de clase, “El Tartané”, porque le costaba hablar. Pero a medida que el abuelo me explicaba qué era eso de Internet yo iba abriendo y abriendo la boca hasta que no pude más y le pregunté:

-¿Y dónde están ahora todas esas cosas?
 -En los museos hija, en los museos.

La respuesta de mi abuelo me entristeció profundamente. Si cuando él era joven podía acceder a información de cualquier parte del mundo, dice que escribiendo algunas palabras en la pantalla de ese ordenador, por qué yo ahora tenía que leer y leer enciclopedias viejas, llenas de polvo…; por qué si él había podido hacer trabajos digi… (no sé cómo sigue esa palabra, y mi abuelo se está cansando de tantas preguntas), yo tenía que escribir una y otra vez las mismas cosas.  Además, me aseguró que compartían la  información con el resto de la clase y… del mundo. Pero si mi profesor dice que eso es copiar.

Aunque mi sorpresa fue mayor cuando mama me explicó que ella cuando iba al colegio también había visto todas esas cosas y que les dejaban utilizar los teléfonos móviles para realizar actividades y que tenían capacidad multitarea y no se distraían. Pero eso creo que es mentira, porque nosotros vemos una mosca pasar y nos queramos embelesados.

Yo escuchaba ayer esto y no podía entender cómo todo eso había desaparecido, cómo en unos cuantos años no había ni rastro de nada…

Mi abuelo, que ya había vuelto de cambiar los barreños de las goteras (mi casa tiene unas cuantas tejas rotas y cuando llueve se nos cuela el agua), leyó en mi mente la infinidad de interrogantes que se debatían entre salir por mi boca o seguir dormidos ahí adentro y me dijo:

-Una crisis, hija. Una crisis que los ricos se inventaron para que la clase media desapareciera y la pobre se ahogara.
-¿Cómo mi pato en el estanque? –Le pregunté yo, porque no entendía qué decía-.
-No hija, como si todos los patos del mundo se hubieran ahogado como el tuyo.
-Pero abuelo… los demás patos del mundo sí están vivos. –Le insistí-.
-¿En qué condiciones Sofía? Sin médico al que acudir si le duele la cabeza y a los papas patos les duele, de ver cómo pagan la educación de sus hijos, privada y prehistórica. Claro que les duele. De ver que los logros que nosotros conseguimos y ellos disfrutaron,  se han borrado.
-Abuelo, vaya tontería, las gomas no borran cosas que no están en el papel.
-Hija mía, hay gente que borra en un instante más que todas las gomas juntas.
-Pero abuelo, no te entiendo. Los patos no estudian, ¿cómo van a estudiar? Y no van al médico, en todo caso al veterinario. -Mi abuelo estaba viejo y no sabía lo que decía-.


Sofía
En casa, 10 de julio de 2030


PD: Hoy, 10 de julio de 2050, con 33 años, leo esta carta y compruebo como a veces sí es posible que la sociedad involucione. 
Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo.